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Dos nuevas enfermedades, una misma alerta.

Desde hace varios meses hemos presenciado la diseminación hacia el continente americano, de dos infecciones virales originarias de Africa.

Frente a esta noticia, nuestra actitud fué primero de curiosidad dada la aparentemente enorme distancia que las separaba de nuestro hogar, dando paso -al tomar conciencia y registrar su cercania, comportamiento y grado de afectación individual, familiar, social y económica- a una creciente inquietud y temor por su presencia local, siendo ya relativamente sencillo para cualquiera verificar la posibilidad real de su próxima llegada a nuestra propia región.

Hemos conocido que una de estas infecciones, causada por el virus de Ebola, resulta ser muy letal para los humanos -pues mueren del 50% al 90% de los contagiados-, lo que verdaderamente la convierte en muy temida, mientras que la otra -la fiebre del Chikungunya- resulta ser “un dengue más”, ignorándose que suele terminar con la alteración transitoria pero grave de la capacidad física y emocional del afectado, por la tenaz persistencia de los síntomas (principalmente dolores musculares y articulares intensos), algo que en algunos casos según se ha documentado puede llegar a suceder de forma contínua hasta por dos años.

Estos elementos, sumados entre otros a la inexistencia de una verdadera cura o una medida preventiva eficaz (como sería una vacuna), a los mecanismos biológicos de diseminación y autocontrol que son respectivamente facilitados y evadidos por nuestra propia globalización, al enorme costo económico y social de la atención a la enfermedad y sus efectos incluida la afectación de la economía local, la merma en los recursos de apoyo disponibles, y la disolución palpable de núcleos socioculturales con ruptura, desintegración o desaparición de sus grupos familiares, hacen que la tarea de los sistemas de salud sea más ardua, e involucre mas actores, obligando además a que varias disciplinas trabajen al unísono, registrando con más detalle aciertos y desatinos, desarrollando formas de comunicación oportuna y certera, incluyendo con mayor profundidad un enfoque de cultura local y global, incrementando el grado de participación y compromiso de otros sectores, mejorando exponencialmente sus mecanismos de vigilancia, control y seguimiento, diseñando y aplicando acciones para limitar, disminuir, restringir y controlar las actitudes de pánico en la población, depurando y proyectando con mayor eficiencia y certeza toda la información disponible, etc.

Ello, mientras la propia ciencia médica establece una verdadera ruta para proteger a la población susceptible, que literalmente sigue expectante el desarrollo de estos eventos, y está dispuesta (aunque de manera poco consciente), a transformar en acción las alertas emitidas.

Es por esto último que reductos sociales como escuelas, universidades y organizaciones académicas, centros de entrenamiento deportivo, clubes y grupos culturales o de otra índole, etc, deben valorar su propio estatus al respecto, e instaurar el tema abiertamente con apoyo técnico mínimo pero adecuado a la luz del conocimiento vigente, de tal forma que si se suscita espontáneamente alguna acción, ésta no entorpezca ni obstaculice otras actividades actuales o por establecerse, y se acate más fácilmente cualquier decisión o directriz de voz autorizada al respecto.

En consecuencia, cada individuo con capacidad de decisión, y por extensión cada grupo y sector social, debiera participar y autocuestionar su posición flexibilizándola hacia el cambio documentado e informado, para acercarse finalmente al tan deseado consenso previo a la acción.

OttoJ.