El maestro intercesor: figura de la escuela y el sistema.


Iré un poco más allá de la certeza, adentrándome en el agreste camino del atrevimiento. No tengo duda, es bueno ventilar algunas ideas antes que las torne en mitos…

Desde hace unos años he pensado que el sistema educativo debiera ser planteado con énfasis en el maestro y no en el alumno; una idea que a la mayoría de los padres nos suena algo extraña pues de inmediato pensamos en cual sería entonces el costo sobre nuestros hijos, si éstos ya no son más la razón de existir de los colegios y escuelas?

En realidad más que desplazar la atención de un actor a otro, se trata de ver una escuela, y por extensión al sistema educativo, donde el alumno es importante pero no el protagonista, un rol que si debe tener el maestro activo, todo bajo el supuesto operativo de que se obtiene un mejor resultado cuando el proceso tiende a ser impecable, a partir de la mayor calidad y calidez en sus elementos criticos.

La realidad me suele demostrar que identificar, aceptar y valorar adecuadamente los roles de cada actor en el escenario de una escuela no ocurre tan frecuentemente ni tan bien como se creería, por lo que esta propuesta se refiere a facilitar el desarrollo o controlar la expresión de puntos críticos para el desempeño del docente, como se expone más abajo, siempre en beneficio de los alumnos y la comunidad que le atañe.

Resulta entonces obligado hablar de los maestros antes que de tendencias pedagógicas, siendo ésta por lo tanto una dinámica que compete a cualquier sistema educativo alternativo o formal que se permita la autocrítica.

Al respecto, y en contra de lo que uno cree, actualmente no existe el verdadero protagonismo del maestro en la escuela, y menos en su comunidad. Lo cual, no es por falta de liderazgo, ni de ideas o propuestas; a mi modo de ver la razón se halla en íntima comunión con la visión que de él -el maestro- tenemos, al umbral de participación que inconscientemente le adjudicamos a su quehacer diario, pero sobre todo a nuestra ausencia de criterios para decidir, reconocer y aceptar los límites de las diversas experticias y disciplinas técnicas y científicas incluyendo la propia, cuando de ver, analizar, interpretar o proponer sobre situaciones y aconteceres comunes se trata.

De esta forma, se puede entender cómo el docente o intercesor carece de una representación social reconocida, y que cuando ésta existe, resulta bastante efímera; que la mayoría de sus estudiantes lo son en virtud de un espacio concebido numéricamente, y no de un propósito más noble; que en las escuelas y alrededor de ellas existe una silenciosa adinamia intelectual muy contagiosa que inhibe a quienes de otra forma ya serían líderes equilibrados con propuestas para su comunidad; que la producción intelectual y profesional del maestro suele ser mal estimulada o poco promovida por aquellos a quienes les compete.

Comprenderemos que la mas mínima intención individual de introducir cambios es ignorada, tergiversada o se diluye en los niveles jerárquicos correspondientes; incluso es evidente que la actividad interdisciplinar del docente está poco respaldada por su propio gremio -ahogado generalmente en interminables discusiones teóricas no productivas quizá por lo ideales, o con propuestas de mejoramiento que no divulga adecuadamente, que pocos entienden y que por ello no se pueden respaldar, o simplemente por ser un gremio que históricamente se enfoca más en la defensa del sino laboral-.  

Veremos que las necesidades que les surge a los maestros como individuos, frecuentemente son ignoradas, vilipendiadas o ridiculizadas en el entorno; y que la interacción entre áreas de conocimiento -que ahora parece necesario rescatar a raíz de ciertos resultados y comparaciones internacionales- casi está proscrita dada la generalidad y el estándar que obligatoriamente aún se adopta en práctiamente todo colegio, público o privado.

En otras palabras, como no se dirigen a corregir causas de fondo, los cambios que han sido y son anunciados en cualquier momento por el sistema educativo, no son eficaces o se ajustan mas al concepto de maquillaje sin trascendencia real, y se proponen aprovechando, digo yo, que la verificación futura de cualquier resultado producto de un cambio instaurado es mas generacional que inmediata.

Siguiendo esta línea, y proponiendo la discusión, encuentro al menos ocho razones que a mi juicio sustentan el porqué aún somos incapaces de reconsiderar al maestro como núcleo o centro de atención  a nivel de la escuela y del propio sistema educativo. (*click para ampliar cada item, que abre en nueva pestaña)

1.- Al maestro no se le motiva a continuar generando, cuestionando y aprendiendo sobre lo que enseña y como lo hace.

2.- El maestro no obtiene reconocimiento ni posee una ubicación social definida.

3.- La familia está en conflicto y afecta al maestro. Como cuerpo social primario, cambia en sus  valores, y tiende a disgregarse.

4.- Muchos colegios parecen más una habitación vacía, aún por llenar, debido a la persistencia de múltiples individuos en calidad de transeúntes temporales.

5.- El estudiante persiste como el centro de interés (comercial) de los colegios.

6.- El estimular el desarrollo del pensamiento se cede al maestro, pero en la práctica no se le facilita cotrastar, actualizar ni difundir su método.

7.- El concepto errado e incompleto del rol de “maestro”, subsiste al reproducirse como modelo social válido a partir del mismo maestro.

8.- Hay una limitada imagen de “maestro”, perpetuada por cuenta de los padres o acudientes, antiguos alumnos.

Estos puntos podrían ser solo ocho elementos de entre muchos más posibles que impiden posicionar al maestro como núcleo figurativo para los avances, ajustes e interacciones del sistema educativo  -desconozco el intríngulis histórico al respecto del propio sector educativo-, pero es evidente que están presentes ejerciendo fuerte oposición a la innovación y al mejoramiento. Y también es cierto que se requiere de una flexible aceptación participativa al cambio desde el grupo de padres y las familias en general, para lograr que se definan y establezcan los modelos derivados de este nuevo rol.

Queremos cerrar diciendo que el maestro, siendo el centro de la escuela, debería contar con el apoyo total de ésta de acuerdo a sus necesidades, reconociendo que sin importar las facilidades disponibles siempre estará supeditado a su propio avance, a su propio desarrollo, a su capacidad de autocrítica, autogestión y automoderación, aunque simultáneamente también estará mas expuesto al efecto cualificador que inevitablemente llegará desde su propio gremio, el sistema educativo y la sociedad en general, quienes tal vez no se encuentran preparados para ejercer ese papel de críticos capaces de construir y virtualmente, hacernos escalar más niveles.

OttoJ.

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